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martes, 5 de junio de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (XXII)


CAPITULO III

 Necesito quererme (VIII)
No, no, solo una historia a medias, pero he oído hablar muy bien de su cocina, de la del Duran – dijo Juan Carlos –

Así es, pero no podemos despreciar su historia, muy ligada a la comarca del Alt Empordà, a la tramontana y – ahí dejó un poco de suspense -, a Dalí

¡No me digas!

Si señor era, por así decirlo, su punto de encuentro, suyo y de tantos otros, ya que debes considerar que el hotel data de finales del XIX

Un individuo curioso que supo avanzarse a su época y vivir como le dio la gana, riéndose de todo – comentó Juan Carlos

Tomaré eso como un sí – dijo Pedro sonriendo -; ya veo que los detalles que te he dado del local te han gustado. Pues vamos a arreglarnos y salimos con calma. Jenny, no te molestaremos mucho más rato

 Y ahí, de nuevo vio Juan Carlos esa mirada de aprecio, de cariño, de amistad verdadera; el mismo que pudo ver el día anterior en el colmado al que acudieron a comprar la cena que no fue cena, al menos para ese día, algo que le hizo volver a pensar en que Pedro había sufrido mucho, pero ese sufrimiento había sido, de algún modo, una fuente de crecimiento para él.

Subieron cada uno a su habitación y 20 minutos más tarde estaban en la sala, hechos unos pinceles, con pantalones de pana, jersey de cuello alto y gruesas botas, que acabaron de acompañar con una chaqueta gruesa y el sombrero.

Jenny – dijo Pedro – Por favor, dile a tu tía que hoy nos vamos de excursión pero que mañana sin falta, la vamos a ver, a ella y al suquet de pescado.

Muy bien, así se lo diré – dijo Jenny –

Eran poco más o menos las 07,30 de la mañana y el día era radiante, claro y muy frío, con una temperatura que andaría cerca de los cero grados y una mar plana, como si de un estanque se tratara. El cielo era de un azul que dolía la vista mirarlo, limpio y luminoso. Se dirigieron hacia el coche, aparcado a las afueras de pueblo mientras charlaban de forma insustancial de todo y nada a la vez.

Subieron al coche, un monovolumen compacto con algunos años de más pero muy bien cuidado, algo que sorprendió a Juan Carlos cuando vinieron desde Barcelona, pero que empezaba a entender después de llevar 3 días juntos. Veía claro que lo que motivaba a su amigo no era ya lo material, que siempre había sido su principal objetivo, si no sentirse bien consigo mismo y con los que le rodeaban.

- Una vez en el coche, Juan Carlos comentó – te veo muy bien, te percibo tranquilo, en paz, como si en todo momento fueras tu, sin fingir ni un saludo, ni un guiño ni nada.

Así es, ese es, para mi, el secreto del éxito, poder ser tu, buscando lo que hay en ti para darlo a los otros. Algo que Renovales intentó enseñarme pero que yo, petulante y ególatra, no fui capaz de entender en su momento.

Tomaron la carretera y se dirigieron hacia el norte, buscando la autopista. El camino se les hizo un suspiro mientras Juan Carlos le contaba a Pedro de sus actividades en Sevilla, contándole su realidad diaria.

Verás Pedro, en Andalucía se vive de otra manera, allí no hay esa fiebre porque todo sea rápido, como en Madrid o Barcelona, allí la gente nos conocemos y conocemos cuales son las raíces de cada cual, sus lazos de parentesco, sus filias, sus fobias, sus manías ¡ea!, que diríamos.

Al principio me sentí muy desplazado, pero enseguida Maca me hizo sentirme como en casa. Diría que el catalizador fue el primer año, viviendo la semana santa. Es increíble el fervor devoto que se desata en toda la ciudad, ver los costaleros llorando porque llueve y no pueden salir, o gentes que, en penitencia, llevan el paso descalzos, uno junto a otro. Hubo algo que realmente me hizo pensar que aquella tierra era distinta de mi Barcelona natal.

Cuenta, cuenta – dijo Pedro con interés sin perder ojo a la carretera mientras aparecía el cartel que anunciaba la entrada de La Bisbal –

jueves, 17 de mayo de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (XVIII)


CAPITULO III

 Necesito quererme (IV)
Ya verás, esto levanta a un muerto

Espero que no haga falta –expresó Juan Carlos con cara de circunstancias –

Una vez acomodados nuevamente en las butacas con unos cacahuetes para picar junto a los vasos, Pedro prosiguió con su historia.

Las niñas durmieron en casa de los abuelos y Ana y yo fuimos al apartamento, un pisito muy coquetón de tres habitaciones junto a la Plaza del Diamant, en pleno centro del barrio de Gracia. Allí pasamos la noche hablando, es como si quisiéramos recuperar todos aquellos años en unas noches.

Convinimos en conservar aquel apartamento y el piso de Madrid, en pleno barrio de Salamanca, como no podía ser de otra manera para un ejecutivo de éxito como yo. Una parte de la coraza había empezado a desprenderse, pero aún quedaba una buena parte de Ego que luchaba por mantenerse a flote y seguir comiéndose a la persona que había en mí y que tan poco conocía.

El lunes siguiente fui a la Mutua de mi suegro y allí me hicieron un sin fin de pruebas, análisis y exploraciones, ¡no les quedó sitio donde mirar!, pero lo más duro fue la reunión con el psicólogo; allí me vine abajo y tuve un episodio muy parecido al que había tenido el día de la comida con Marga, el día en que se desencadenó todo; simplemente, no podía dejar de llorar.

Ana se asustó mucho y se tranquilizó cuando le dijeron que era un ataque de ansiedad provocado por la tensión nerviosa, es decir, un estrés de caballo y, por tanto, algo que podía tener solución si ponía las medidas para ello; de algún modo, todo estaba en mis manos, pero harían falta grandes dosis de conciencia.

Al cabo de una semana, la situación se había normalizado mucho, quizás demasiado, aunque en aquel momento, no era consciente de ello. Pasamos un mes de diciembre de ensueño, a Ana le dieron una semana de vacaciones adicional a las dos semanas que, por convenio, hacían en la empresa, así que pudimos estar todo el mes de diciembre conviviendo como si de una familia normal se tratara.

Mientras las niñas iban al cole, aprovechábamos para estar juntos, para hacer de novios, en todos los sentidos, hasta el punto que mi suegra me decía que lo tomara con calma, que aún acabaría en el hospital por un exceso de fogosidad juvenil – ahí, salió una sonrisa de oreja a oreja, como recordando la escena y una carcajada sincera de Juan Carlos –

Los días de fiesta escolar estuvimos continuamente arriba y abajo, aquí en Calella, en Sitges, visitando a amigos por toda Cataluña, amigos a los que hacía siglos que no veíamos al habernos trasladado a Madrid; algunos nos recibieron con auténtico cariño y otros, por mero compromiso; fue otro aprendizaje, la amistad es como una planta que necesita de cuidados, hay alguna que es muy resistente, como el cactus, algo muy parecido a ti mismo, Juan Carlos, y otras más débiles que, por falta de riego, simplemente murieron o, para hablar con mayor propiedad, dejé morir de inanición.

El día de Navidad fue un día muy especial, lo celebramos en casa de mis suegros, como cada año, pero este año había una gran diferencia, no estaba el Pedro Ejecutivo si no el Pedro persona, el marido, el padre, el hijo, el que no tenía que hacer ostentación de nada para ser querido, pero el que sentía que no era merecedor de todo aquel amor.

Tenía sentimientos ambivalentes, por un lado, me sentía el hombre más feliz de la tierra, por otro, me sentía un estafador, indigno de recibir lo que me estaban dando. Ana se daba cuenta de todo, pero me hizo creer que no notaba nada para hacérmelo más fácil; las niñas estaban felices y no se desenganchaban de mi, algo que por otro lado era normal ya que, por una vez, tenían padre en jornada completa.

La fiesta de fin de año fue también algo muy especial, lo celebramos en casa de unos amigos de siempre, de unos cactus de la amistad, aquellos que no necesitan de muchos cuidados para mantenerse siempre ahí. La juerga fue fenomenal, llena de chistes, música bailoteo e inhibición hasta las 6 de la mañana, con mis cuñados como sufridos canguros.

Al llegar a casa, nos metimos en la cama y no pudimos dormirnos ya que empezamos a hablar del futuro y no paramos hasta el medio día, en que había comida familiar otra vez y donde encontraríamos a Ana y a Cata.

Decidimos que yo retornaría a Madrid y que buscaría un traslado a Barcelona, un cambio de empresa o algo que nos permitiera volver a nuestras raíces. El mes de diciembre había pasado volando y tan solo nos quedaba una semana para que se acabara aquel cuento de hadas. Durante esas vacaciones, no faltaron las llamadas de Ruiz y de Marga para ver como estaba, algo que me confirmaba que, dentro de todo, había tenido mucha suerte.

miércoles, 18 de abril de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (X)


CAPITULO II

 Viviendo el éxito (VI)
Pedro y Juan Carlos fueron a sentarse a una mesa que estaba preparada junto a la llar de foc, donde también les prepararían unas tostadas de pan de pagés con tomate. En la mesa ya estaba el porrón con vino negro de la casa y una gaseosa, del cual bebió Pedro antes de arrancar la conversación.

Ya verás como no habrás comido mejor en tu vida, de verdad lo digo – dijo a la vez que un sonido intestinal delataba el hambre que le atenazaba desde que se habían levantado hacía, según él, demasiado tiempo.

¡Vaya! – dijo Juan Carlos – veo que realmente hacía falta entrar aquí de inmediato. Bueno, sigue con la historia, que no siempre tiene uno a Pedro Puig para que le cuente su vida.

No olvides, Juan Carlos, que toda esta historia es la que necesito contarte para que entiendas algunas cosas, para que por fin me perdones de corazón.

No digas sandeces, hombre, yo ya te he perdonado, creo que el que no se ha perdonado eres tu.

Pues entonces, será que necesito contártela para quedar en paz conmigo mismo, sin que hayan medios de comunicación por medio.

Llegaron las tostadas y un fuerte all i oli para acompañarlas, así que ambos se tomaron unos minutos para preparar el manjar que les daría un respiro a sus estómagos.

Fue entonces cuando Pedro, poco a poco, continuó su historia allí donde la había dejado, con un tono de voz que denotaba aceptación, congoja y sentimientos muy profundos.

Ayer nos quedamos en mi promoción, con 31 años, a Director General de Producción. Recuerda que te dije que por un momento, tuve la cordura que me faltó para darme cuenta de que todo era un engaño que aceptaba de buen grado.

Hablamos de 1991, años preolímpicos y años pre-expo, con una actividad económica en España fuera de lo común. Mi actividad se multiplicó y, si antes eran 14 horas diarias de trabajo, ahora también estaban los fines de semana, he incluso meses enteros en los que estaba de viaje, inaugurando una planta en el hemisferio norte para, a la semana siguiente, hacer lo propio en la otra punta del mundo.

Mis hijas crecían y yo prácticamente ni las veía, Ana estaba, como siempre deliciosa, pero quejosa de que no se me veía el pelo y yo llegaba a plantearme si no eran celos por mi progresión profesional.

Llegó junio de 1992, toda Europa estaba en crisis y, por el contrario, nosotros íbamos como una moto, habiendo participado al máximo en los fastos que tenían lugar en España. Era un 15 de junio y Marga me llamó por teléfono a París para anunciarme que habían llamado de la Junta de Andalucía para darme un premio por nuestra participación en la Expo. Aquello fue el principio del fin – dijo con los ojos enrojecidos por la emoción.

¿Qué es lo que pasó ahí?, Pedro

Simple, le había prometido a Ana y a las niñas que nos iríamos de vacaciones al Parque Disney a París y, de hecho, ya estaba todo reservado; incluso Marga me lo recordó cuando me llamó, aún recuerdo que me dijo “Pedro, ojo que tienes el viaje con tus chicas previsto en las mismas fechas” y le contesté que llamara a Ana diciéndole que lo cambiara todo para una semana más tarde.

Ana me llamó al día siguiente y si te digo que estaba sin tono vital, te digo poco; me dijo “Pedro, esto no puede continuar, tenemos que hablar”, así que, a regañadientes, volví a casa la día siguiente.

Al entrar, las dos pequeñajas, Ana y Catalina, que tenían 2 y 3 años y lengüecillas de trapo, se me echaron encima; Ana las dejó jugar un rato y luego les dijo que tenían que ir dormir, que papá estaba cansado. Me dieron un beso de aquellos sonoros que dan las niñas a sus papás y se fueron con la chica de servicio para que las acostara; aquel día, no sería Ana quien lo hiciera, cosa muy rara en ella, que no dejaba nada de sus hijas al cuidado de terceros; realmente, siempre ha sido una madre ejemplar, en todos los sentidos, y aún mejor esposa, ¡que suerte tengo de que esté aún a mi lado!, aunque debo confesar que, durante un tiempo, pensé que aquello había acabado.

lunes, 16 de abril de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (IX)


CAPITULO II

 Viviendo el éxito (V)

Acabaron de arreglarse y se abrigaron en consonancia con el vaivén de los árboles y del sonido del viento y el mar; un buen chaquetón, zapatos de suela de goma gruesa, bufanda y un sombrero un tanto peculiar que les daba un aspecto singular que parecía divertir a Pedro.

Oye Pedro, ya son las 12,15 y con la hora que es, ¿qué te parece si paseamos un poco por las playas del pueblo y vamos a comer temprano?, así me hago a la idea de que he hecho bondad y me cuido un poco, que en casa me dicen que estoy cogiendo figura de embarazada.

Bien, de acuerdo, hágase como tu dices pero te garantizo que me podría comer un caballo sin partirlo a trozos, además, creo que no recuerdas ya como es nuestra querida Costa Brava cuando está brava como hoy.

Salieron a la calle y el viento les despejó de golpe, un viento vivificante, áspero y un tanto cortante ya que, aún y siendo primavera, aún era frío y desabrido. Sus chaquetones les cubrían bien y la gruesa suela de goma y sus sombreros, les aislaban de las inclemencias del tiempo. El pueblo estaba vacío, con muy poca actividad, como solía ocurrir fuera de la temporada o fin de semana, en que los visitantes, especialmente de Barcelona y extranjeros, poblaban sus calles.

Se cruzaron con Montserrat por la calle y Pedro aprovechó para decirle que irían a comer en un rato – Montse, este es Juan Carlos, el amigo del que te hablé, un catalán por soleares; vendremos a comer de aquí un rato, no muy tarde, que no hemos desayunado.

Cuando queráis Pedro, y compañía – dijo no sin cierta coquetería, lanzando una sonrisa a Juan Carlos – ya sabes que en esta época, no tenemos mucha gente; lo que no tengo es pescado, que Manel no pudo ir a pescar ayer por el tiempo que hace.

No te preocupes, mujer, tomaremos cualquier cosa, que en tu casa, lo de menos es lo que comes y lo mejor vuestra compañía y el cariño con el que guisas.

Curiosa mujer esta – dijo Pedro – como habrás visto, hasta con esta ventolera va en manga corta y con las mejillas encendidas. Manel es su cuñado y, no sé si te has fijado, pero te ha tirado los trastos descaradamente, y es que no pierde ocasión de jugar al gato y al ratón, pero sin ninguna maldad.

Pasearon por las calles de Calella sin prisas, comentando los cambios que había sufrido la Costa Brava, las maravillas de Girona, de Figueras y su cultura, de Púbol y Dalí y, en resumen, disfrutaron de un paseo que no era en las mejores condiciones meteorológicas, pero sí en las mejores condiciones anímicas.

El reloj tocó una campanada cuando estaban en la otra punta del pueblo, en el camino de ronda que comunicaba con el pueblo siguiente. –Bueno  Juan Carlos, creo que ya tenemos suficiente paseo por esta mañana, además, tengo ganas de seguir contándote mi historia que, si no, no sé si tendré tiempo en solo una semana, ¡hay tanto sobre lo que ponernos al día!

Justo cuando había dicho esto, una fuerte ráfaga de viento lanzó su sombrero al aire y lo llevó en un baile mágico hacia las olas, quedando su cabello completamente revuelto. – Demonios! – dijo – parece que hoy tampoco se anda con bromas, pero razón de más para ir a casa de Montserrat a comer el puchero que tenga preparado.

Llegaron a la fonda, una construcción de pueblo, con gruesas paredes y ambientada con decoración marinera, se quitaron los chaquetones, las bufandas, Juan Carlos su sombrero y se dirigieron a la chimenea frotándose las manos enrojecidas por el frío.

Bon dia Montserrat, ya estamos aquí; ¿qué tienes de comer que nos haga entrar en calor? –preguntó Pedro con una sonrisa de frío en la cara.

Hoy tengo una sopa de fondo de nevera que me ha quedado que cantan los ángeles; después, canelones o pollo, lo que prefiráis – dijo Montserrat manteniendo su tono de flirteo.

Pues yo me apunto a los canelones después de esa sopa maravillosa – dijo Juan Carlos siguiéndole la corriente.

Pues iros sentando que os lo traigo todo en un periquete. Wilma – chilló hacia la cocina – ves preparando dos cubiertos con sopa y canelones. Se alejó contoneando unas caderas robustas y fuertes de mujer recia.

martes, 27 de marzo de 2012

EL EXITO ERES TU (IV)


CAPITULO I

Empezando por el final: El reencuentro (IV) 
 
Pedro asentía sinceramente dolido por la vivencia de su amigo. “Hay algo
perverso en todo esto dijo—. Del aprendizaje del daño que te hice, no he tenido
constancia hasta hace muy poco, y eso es lo que me ha llevado a contarte esta
historia.  Por ella te pido paciencia, paciencia con este abuelote cincuentón y cebolleta.
No darás fe de lo que te voy a contar; hay partes que me cuestan creer, aspectos
que aún ahora reconozco como aprendizajes desde el más profundo de los dolores, al
descubrir en mí personajes perversos que jamás pensé que anidaran en mi interior. Y a la vez, también te reconozco, que hay partes de las que me siento especialmente orgulloso.”
Pedro miró su reloj. “Pero antes de empezar, déjame que empecemos a preparar la cena, que son ya las nueve y tenemos mucha charla por delante.”

Tranquilo dijo Juan Carlos–. Tenemos toda una semana por delante, una semana
para las confidencias y el reencuentro.”

Pedro se levantó de su butaca con la agilidad que había tenido siempre y se dirigió a
la cocina. Juan Carlos se levantó también y se acercó a unos estantes junto a la chimenea. Fue leyendo los títulos en los lomos de algunos libros, paseó su mirada por algunas fotografías y encontró, al lado del equipo de música, una colección de cds. Empezó a repasarlos, y encontró el de Joan Manuel Serrat, “Mediterráneo”. Encendió el equipo y puso el disco. La música empezó a empapar sus sentidos. Con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, pensó que era una curiosa señal haber encontrado ese disco un día como el de hoy. Sonrió y se encaminó a la cocina, para ayudar a Pedro con la cena.
En esa esa estancia, de típica bóveda catalana de ladrillos vistos, fueron preparando unas tostadas con tomate y un excelente embutido que habían comprado en Palafrugell esa misma tarde y que acompañarían con un vino de la comarca.

Antes de sentarse a la mesa de pino macizo en un rincón de la habitación, Juan Carlos comentó “—: Curiosa enseñanza la de los tres filtros. Creo que nuestra vida sería muy distinta si la aplicáramos más a menudo.”

Es verdad contestó Pedro. La verdad es que cuando la recibí solo la oí y no fue hasta mucho tiempo después en que hallé su aprendizaje. Supongo que no estaba preparado para poder asimilarla.”

Comenzaron a cenar, mientras por encima de sus cabezas el rugido de la Tramontana se mezclaba con la voz de Serrat, que llegaba tenue desde la sala de estar.

sábado, 24 de marzo de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (III)


CAPITULO I

 Empezando por el final: El reencuentro (III)

“—Me casé con Ana, en aquella preciosa ermita del barrio del Raval de Barcelona, St.
Pau del Camp. Sencillez y armonía era lo que por aquel entonces respirábamos tanto
ella como yo, al menos en lo que a nuestra vida juntos se refería. “

“—A la ceremonia vinisteis, acuérdate, algo más de un centenar de personas. Tú ibas acompañado por aquella rubia despampanante —y una sonrisa burlona se dibujó en su rostro— La verdad es que era una rubia cañón, de las que hacen época.”

“—Sí— dijo Juan Carlos, volviéndose a mirar a su amigo— Se llamaba Magda Puig, y realmente era una mujer de bandera, la pena es que era el banderín de un montón de tíos más, como bien me recordaste aquel día, entre los vapores del alcohol.”

“—Bueno— prosiguió Pedro— todos bebimos mucho aquel día y seguramente fui de los que menos lo hicieron, porque estaba absolutamente prendado de la soltura y del cariño de Ana, por lo que iba con mucho cuidado al ver que las cosas, cuando se fueron los invitados más serios y la familia, empezaban a desmandarse. Si aquel día hubiera aplicado los tres principios de Sócrates, aquello no habría pasado.”

“— ¿Los tres principios de Sócrates? — preguntó Juan Carlos – Creo que aquello no tuvo nada que ver con el filósofo, si no con el pendón desorejado que yo tenía por  novia, aunque, eso sí, pendón desorejado de muy buena familia.”

“—Yo creo que sí —respondió Pedro— es algo que aprendí después, de un viejo profesor de una escuela de negocios. Un hombre extraordinario, con una extraordinaria filosofía de vida. José María, se llama. ¡Déjame que haga un paréntesis y te cuente, hombre ! — exclamó Pedro, pidiendo un poco de paciencia a Juan Carlos que le miraba con cara de no entender nada. ¿Qué tenía que ver Sócrates con todo aquello?”

“— La verdad es que mis sentimientos de cariño hacia José María son muy profundos, fue una persona que me ha marcado especialmente, por su calidad humana y su entrega a unos valores sin los que, he descubierto que no podría vivir como lo hago ahora.”

A continuación, Pedro relató la historia que José María les había contado un día en clase.

Los tres principios de Sócrates.

Un discípulo llegaba muy azorado a casa de Sócrates diciéndole:
Maestro, uno de los compañeros va hablando de ti con maledicencia a lo que
Sócrates cortó diciéndole:

Espera, antes de proseguir, solo dime si has hecho pasar eso por los tres filtros.

¿Los tres filtros? preguntó el discípulo.

Sí, el primer filtro es LA VERDAD ¿Estás seguro de que lo que me contarás es cierto?

No, a decir verdad, se lo oí decir a unos vecinos.

Bien, vayamos pues al segundo filtro, el de la BONDAD ¿Es bueno para mí que lo
sepa? preguntó Sócrates.

No, es más bien lo contrario, no creo que te guste lo más mínimo respondió el discípulo.

—¡Ah!, vayamos pues al último de los filtros, el de la NECESIDAD ¿Es necesario que
sepa lo que me quieres contar?

Pues no, verdaderamente no.

A lo que Sócrates contestó—: Pues si no es cierto, ni bueno, ni necesario, mejor lo sepultamos en el olvido.”

“— Ese fue el mensaje de mi viejo profesor: no cuentes aquello que no cumpla con la
regla de los tres filtros.”

Pedro descruzó sus piernas y se sentó al borde de la butaca, como queriendo poner más énfasis a sus palabras. “—Recuerdo que aquella noche te conté que Magda se acostaba con media Barcelona o por lo menos, con media docena de amigos de la facultad. Tú te enfadaste pero tuviste el buen criterio de no liarte a tortas— prosiguió Pedro.”

“—No fue por falta de ganas —dijo Juan Carlos— Créeme, lo hubiera hecho, pero me
sacabas y me sigues sacando, más de un palmo de alto y un par de ellos de ancho,
así que….no tenía ganas de acabar en el hospital.”

Juan Carlos tomó aire y prosiguió: “—Lo malo de aquello fue que me dediqué a corroborarlo en las semanas siguientes y descubrí que era cierto que lo contaban, y yo lo creí. Por ese motivo acepté la oferta profesional en Sevilla. Muchos años después descubrí que fue un bulo que lanzó una pretendida amiga suya de la que no recuerdo ni el nombre, ¡diablos, han pasado 25 años!”

“— ¿Qué es lo que descubriste? —preguntó Pedro.”
“—Que fue un montaje de su amiga, la cual estaba loquita por acostarse conmigo y pensó que echar porquería encima de Magda, sería una buena forma de alejarla de mi para ocupar ella su puesto. Me enteré por el propio hermano de Magda, con el que coincidí en una feria en Shanghai, 10 años después, ya casado con Maca. La verdad es que me sentí muy mal durante mucho tiempo. Simplemente di por buena una historia sin preocuparme por darle crédito a la propia interesada, que juraba y perjuraba que eso era falso.”

domingo, 18 de marzo de 2012

El éxito eres Tu (I)


Tal como os anunciaba en mi último post, en las próximas semanas, iré desgranando el contenido de esta pequeña historia real de un ser imaginario que, perfectamente, podrías ser tu

CAPITULO I

 Empezando por el final: El reencuentro (I)

­“—Cuando miro hacia atrás y contemplo el trabajo que ha habido en estos últimos años, veo también el sufrimiento y la negación que me hacía a mí mismo.”

Estas palabras se las contaba Pedro a su buen amigo Juan Carlos, con quien había recuperado una relación que, durante mucho tiempo, había estado perdida en el cajón de los buenos recuerdos. La conversación se desarrollaba en un pequeño pueblo de la Costa Brava, Calella de Palafrugell, a tan solo una hora de Barcelona y a unos pocos kilómetros de Girona, en una tarde fría de invierno, crudo y desabrido en aquella zona.

Pedro había hecho un camino intenso, un camino de alegría, de plenitud, pero también
un camino de descubrimientos que le permitieron reencontrarse consigo mismo, sin
escatimar sufrimientos, como si de piel herida y putrefacta se tratara, teniendo que
frotar con el estropajo hasta que el tejido despareciera; de algún modo, había sido un renacer.

“—Pero Pedro, tú eras un hombre de éxito, de hecho, lo sigues siendo, ¿qué es lo que ha cambiado tanto? —le pregunta Juan Carlos, ante la mirada perdida y risueña de Pedro.”

“—Déjame que te cuente la historia desde su principio, pero déjame que lo haga a la
lumbre de la chimenea, que el frío me está calando los huesos, y ese es uno de los
placeres que no nos pueden arrebatar —respondió Pedro.”

Arrancaron a caminar desde los soportales de la playa, hacia la casa que se ubicaba
en un mirador privilegiado del pueblo. El olor a sal procedente del mar era muy intenso
y se adivinaba la entrada de la Tramontana en unas horas, por lo que convenía
ponerse a resguardo, encender un buen fuego y poner a calentar agua para saborear
uno de los tés a los que ambos eran tan aficionados.

Entraron en la casa, una edificación sencilla, acogedora, con el olor a una casa que se sabía disfrutada, con aroma a leña quemada, a cera de muebles y a bienestar, aunque también había sido testigo de sentimientos como la angustia, la inquietud y la desesperación.

El sonido de la bullote indicando que el agua hervía sacó a Pedro de sus pensamientos y, mientras preparaba el té, Juan Carlos se encargó de prender el fuego en la chimenea, asegurándose de que estuviera encendido un buen rato sin que les molestara; intuía que la historia que le iba a contar Pedro, bien valía su máxima
atención.

Pedro colocó la bandeja con las tazas y unas galletas sobre una mesita baja entre las dos butacas con orejas, unos sillones de cretona con colores cálidos que dejaban adivinar su comodidad e invitaban a la tranquilidad y a la confidencia. Del reloj les llegó el sonido de siete campanadas y, por la ventana, tan solo algunas luces aparecían encendidas mientras el viento empezaba a soplar con fuerza. La Tramontana había adelantado su llegada.

 La voz de Pedro sonó profunda en la quietud de la sala.

“—Todo empezó cuando salimos de la Facultad. Recordarás que nunca brillé
mucho en los estudios pero fui lo suficientemente hábil como para ir sacando
los cursos por año. Mi ambición me llevó a ser el Delegado de curso, a presentarme a
la elecciones para el Consejo de la Universidad, y siempre con un éxito que a mí mismo no dejaba de sorprenderme. La vida siguió siendo generosa conmigo: antes de acabar la carrera encontré mi primer empleo como becario en TORTEL, aquella empresa dedicada a la instalación y mantenimiento de elementos de seguridad. Allí además conocí a Ana, la que hoy es mi esposa y a la que tengo que agradecer  una buena parte de la plenitud en mi vida, tanto cuando triunfaba, como cuando entré en crisis o cuando empecé a salir del agujero.”

“—Recuerdo cuando la conocí -dijo Juan Carlos—. Pero fue después de vuestra
boda, y de eso hace ya 25 años, cuando te perdí la pista tras nuestra pelea. Yo me trasladé a Sevilla, conocí a Macarena, y no quise saber nada más de ti, hasta que recibí aquella llamada tuya y no pude dejar de venir.”

“—Sí, fue muy importante para mí que estuvieras a mi lado, que pudiera pedirte perdón, que tu generosidad te permitiera disculpar mi soberbia y, en una palabra, que pudiera recuperar a una de las personas que tan importantes habían sido para mí— le respondió Pedro.”

Pedro continuó tras un sorbo de té.

“—Como bien sabes, mi carrera fue meteórica.”

“—Sí—replicó Juan Carlos—, recuerdo haber leído algo sobre ti en los periódicos económicos pero, la verdad es que el rencor me impedía considerar tan siquiera la posibilidad leer esas noticias. Mis padres no sabían de nuestra bronca y de vez en cuando me iban dando algún detalle, que si Pedro esto, que si Pedro aquello, y yo tragando  quina.”

Pedro miró hacia la ventana, como viendo pasar ante sus ojos aquella etapa de su vida.