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martes, 5 de junio de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (XXII)


CAPITULO III

 Necesito quererme (VIII)
No, no, solo una historia a medias, pero he oído hablar muy bien de su cocina, de la del Duran – dijo Juan Carlos –

Así es, pero no podemos despreciar su historia, muy ligada a la comarca del Alt Empordà, a la tramontana y – ahí dejó un poco de suspense -, a Dalí

¡No me digas!

Si señor era, por así decirlo, su punto de encuentro, suyo y de tantos otros, ya que debes considerar que el hotel data de finales del XIX

Un individuo curioso que supo avanzarse a su época y vivir como le dio la gana, riéndose de todo – comentó Juan Carlos

Tomaré eso como un sí – dijo Pedro sonriendo -; ya veo que los detalles que te he dado del local te han gustado. Pues vamos a arreglarnos y salimos con calma. Jenny, no te molestaremos mucho más rato

 Y ahí, de nuevo vio Juan Carlos esa mirada de aprecio, de cariño, de amistad verdadera; el mismo que pudo ver el día anterior en el colmado al que acudieron a comprar la cena que no fue cena, al menos para ese día, algo que le hizo volver a pensar en que Pedro había sufrido mucho, pero ese sufrimiento había sido, de algún modo, una fuente de crecimiento para él.

Subieron cada uno a su habitación y 20 minutos más tarde estaban en la sala, hechos unos pinceles, con pantalones de pana, jersey de cuello alto y gruesas botas, que acabaron de acompañar con una chaqueta gruesa y el sombrero.

Jenny – dijo Pedro – Por favor, dile a tu tía que hoy nos vamos de excursión pero que mañana sin falta, la vamos a ver, a ella y al suquet de pescado.

Muy bien, así se lo diré – dijo Jenny –

Eran poco más o menos las 07,30 de la mañana y el día era radiante, claro y muy frío, con una temperatura que andaría cerca de los cero grados y una mar plana, como si de un estanque se tratara. El cielo era de un azul que dolía la vista mirarlo, limpio y luminoso. Se dirigieron hacia el coche, aparcado a las afueras de pueblo mientras charlaban de forma insustancial de todo y nada a la vez.

Subieron al coche, un monovolumen compacto con algunos años de más pero muy bien cuidado, algo que sorprendió a Juan Carlos cuando vinieron desde Barcelona, pero que empezaba a entender después de llevar 3 días juntos. Veía claro que lo que motivaba a su amigo no era ya lo material, que siempre había sido su principal objetivo, si no sentirse bien consigo mismo y con los que le rodeaban.

- Una vez en el coche, Juan Carlos comentó – te veo muy bien, te percibo tranquilo, en paz, como si en todo momento fueras tu, sin fingir ni un saludo, ni un guiño ni nada.

Así es, ese es, para mi, el secreto del éxito, poder ser tu, buscando lo que hay en ti para darlo a los otros. Algo que Renovales intentó enseñarme pero que yo, petulante y ególatra, no fui capaz de entender en su momento.

Tomaron la carretera y se dirigieron hacia el norte, buscando la autopista. El camino se les hizo un suspiro mientras Juan Carlos le contaba a Pedro de sus actividades en Sevilla, contándole su realidad diaria.

Verás Pedro, en Andalucía se vive de otra manera, allí no hay esa fiebre porque todo sea rápido, como en Madrid o Barcelona, allí la gente nos conocemos y conocemos cuales son las raíces de cada cual, sus lazos de parentesco, sus filias, sus fobias, sus manías ¡ea!, que diríamos.

Al principio me sentí muy desplazado, pero enseguida Maca me hizo sentirme como en casa. Diría que el catalizador fue el primer año, viviendo la semana santa. Es increíble el fervor devoto que se desata en toda la ciudad, ver los costaleros llorando porque llueve y no pueden salir, o gentes que, en penitencia, llevan el paso descalzos, uno junto a otro. Hubo algo que realmente me hizo pensar que aquella tierra era distinta de mi Barcelona natal.

Cuenta, cuenta – dijo Pedro con interés sin perder ojo a la carretera mientras aparecía el cartel que anunciaba la entrada de La Bisbal –

martes, 20 de marzo de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (II)


CAPITULO I

 Empezando por el final: El reencuentro (II)
“—En TORTEL estuve 3 años, el tiempo suficiente para aprender los tejemanejes de
la gestión y el liderazgo de personas. Allí tuve a quien me enseñó verdaderamente lo
que se podía conseguir con personas bien motivadas, bien formadas y con ambición.
Renovales, mi jefe allí, consiguió de mí jornadas de 14 horas, trabajos de fin de semana, viajes interminables, reuniones con personas de las que aprendía en todo momento…Un gran tipo Renovales, siempre con una palabra amable, con una palabra de ánimo que sabía llegar a lo más profundo de mi ambición. En aquella época lo único que me importaba era demostrarme a mí mismo que podía con todo, fuera lo que fuera; sentía la necesidad de demostrarle a mis padres, a Ana y a mis amigos que realmente era una persona capaz de llegar muy lejos…, aunque tengo que confesarte que, en mi interior, tenía grandes dudas y, de hecho, invertía mucho más tiempo que otros colegas para conseguir los mismos resultados que ellos.”

Juan Carlos escuchaba a su amigo con una mezcla de curiosidad, cariño, -ese cariño
que solo los amigos de verdad podían dar-, e inquietud.



El teléfono les sacó de esa burbuja de complicidad en la que se habían sumergido.
Pedro se levantó con tranquilidad, sin prisas y contestó.

“—Hola Ana. Sí, estoy aquí, en Calella, con Juan Carlos, poniéndonos al día de estos
últimos veintitantos años. Sí, no sufras, estamos en casa y a cubierto y, con el ruido
que hace el viento, no creo que salgamos en los próximos tres días. El mar está embravecido, precioso, con esa furia que solo el Mediterráneo puede tener.”

“—Era Ana—comentó Pedro, volviéndose a sentar – siempre está pendiente de mí, especialmente ahora. La verdad es que no sé si habría podido pasar todo esto con alguien que no fuera ella.”

Juan Carlos asintió comprensivo ya que veía en los ojos de su amigo la emoción
contenida.

Pedro cruzó las piernas, y con un gesto mecánico se colocó el pantalón. Mirando al fuego continuó:

“—Bien, en TORTEL, pasé una magnífica temporada y cuando me iba a casar,
llegó mi nueva oportunidad. Ya no era el becario, había sido promocionado a Responsable de Área.  Y entonces recibí aquella llamada del profe de la Facultad, Maquiavelo le llamábamos ¿recuerdas?, porque nunca tenía un pensamiento bueno en la cabeza.”

“—En aquel momento yo tenía a mi cargo un equipo de 10 personas, y a mi prometida
Ana, técnico del Departamento de Recursos Humanos. Nos acabábamos de
comprometer y todo iba viento en popa. Incluso, como tenía que desplazarme bastante, me pusieron coche de empresa, un Seat Ritmo, con aquel horroroso
color amarillento corporativo, —rememoraba Pedro.”

Afuera, la fuerza del viento crecía y el ruido se hacía, como siempre, ensordecedor si estabas a la intemperie. La fiereza de una tormenta en la Costa Brava se desataba en todo su esplendor aquella tarde.

“—Sí—intervino Juan Carlos—, fue entonces cuando empezaste a tener un
comportamiento un tanto atípico; poco más o menos tan fiero como el que está
mostrando ahí fuera la tramontana y que nos llevó a aquel estúpido malentendido que
nos tuvo separados 25 años.”

Mirando a su amigo a los ojos, Pedro asintió:

“—Así es; fue entonces cuando toda aquella cadena de mensajes sin
sentido pusieron un paréntesis en una relación que llevaba 20 años haciéndonos
pasar épocas memorables—. Tomó aliento y prosiguió—:Pero déjame que te cuente cómo fue aquello y cómo creo que se desencadenó toda la secuencia y, lo que es más importante, como fui descubriendo el peor de los infiernos y la mayor de las fortunas.”


Pedro dio un largo sorbo a su té que bajo caliente por su garganta, produciéndole el
mismo bienestar por dentro que por fuera, al calor de aquel fuego que bañaba sus caras, dándoles un reflejo rojizo.
Juan Carlos aprovechó la pausa de Pedro para levantarse y pegar su nariz al cristal para ver el espectáculo del viento que se desarrollaba tras la ventana. Oyó a su espalda la voz de Pedro que proseguía con su relato...