Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enfermedad. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de mayo de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (XVIII)


CAPITULO III

 Necesito quererme (IV)
Ya verás, esto levanta a un muerto

Espero que no haga falta –expresó Juan Carlos con cara de circunstancias –

Una vez acomodados nuevamente en las butacas con unos cacahuetes para picar junto a los vasos, Pedro prosiguió con su historia.

Las niñas durmieron en casa de los abuelos y Ana y yo fuimos al apartamento, un pisito muy coquetón de tres habitaciones junto a la Plaza del Diamant, en pleno centro del barrio de Gracia. Allí pasamos la noche hablando, es como si quisiéramos recuperar todos aquellos años en unas noches.

Convinimos en conservar aquel apartamento y el piso de Madrid, en pleno barrio de Salamanca, como no podía ser de otra manera para un ejecutivo de éxito como yo. Una parte de la coraza había empezado a desprenderse, pero aún quedaba una buena parte de Ego que luchaba por mantenerse a flote y seguir comiéndose a la persona que había en mí y que tan poco conocía.

El lunes siguiente fui a la Mutua de mi suegro y allí me hicieron un sin fin de pruebas, análisis y exploraciones, ¡no les quedó sitio donde mirar!, pero lo más duro fue la reunión con el psicólogo; allí me vine abajo y tuve un episodio muy parecido al que había tenido el día de la comida con Marga, el día en que se desencadenó todo; simplemente, no podía dejar de llorar.

Ana se asustó mucho y se tranquilizó cuando le dijeron que era un ataque de ansiedad provocado por la tensión nerviosa, es decir, un estrés de caballo y, por tanto, algo que podía tener solución si ponía las medidas para ello; de algún modo, todo estaba en mis manos, pero harían falta grandes dosis de conciencia.

Al cabo de una semana, la situación se había normalizado mucho, quizás demasiado, aunque en aquel momento, no era consciente de ello. Pasamos un mes de diciembre de ensueño, a Ana le dieron una semana de vacaciones adicional a las dos semanas que, por convenio, hacían en la empresa, así que pudimos estar todo el mes de diciembre conviviendo como si de una familia normal se tratara.

Mientras las niñas iban al cole, aprovechábamos para estar juntos, para hacer de novios, en todos los sentidos, hasta el punto que mi suegra me decía que lo tomara con calma, que aún acabaría en el hospital por un exceso de fogosidad juvenil – ahí, salió una sonrisa de oreja a oreja, como recordando la escena y una carcajada sincera de Juan Carlos –

Los días de fiesta escolar estuvimos continuamente arriba y abajo, aquí en Calella, en Sitges, visitando a amigos por toda Cataluña, amigos a los que hacía siglos que no veíamos al habernos trasladado a Madrid; algunos nos recibieron con auténtico cariño y otros, por mero compromiso; fue otro aprendizaje, la amistad es como una planta que necesita de cuidados, hay alguna que es muy resistente, como el cactus, algo muy parecido a ti mismo, Juan Carlos, y otras más débiles que, por falta de riego, simplemente murieron o, para hablar con mayor propiedad, dejé morir de inanición.

El día de Navidad fue un día muy especial, lo celebramos en casa de mis suegros, como cada año, pero este año había una gran diferencia, no estaba el Pedro Ejecutivo si no el Pedro persona, el marido, el padre, el hijo, el que no tenía que hacer ostentación de nada para ser querido, pero el que sentía que no era merecedor de todo aquel amor.

Tenía sentimientos ambivalentes, por un lado, me sentía el hombre más feliz de la tierra, por otro, me sentía un estafador, indigno de recibir lo que me estaban dando. Ana se daba cuenta de todo, pero me hizo creer que no notaba nada para hacérmelo más fácil; las niñas estaban felices y no se desenganchaban de mi, algo que por otro lado era normal ya que, por una vez, tenían padre en jornada completa.

La fiesta de fin de año fue también algo muy especial, lo celebramos en casa de unos amigos de siempre, de unos cactus de la amistad, aquellos que no necesitan de muchos cuidados para mantenerse siempre ahí. La juerga fue fenomenal, llena de chistes, música bailoteo e inhibición hasta las 6 de la mañana, con mis cuñados como sufridos canguros.

Al llegar a casa, nos metimos en la cama y no pudimos dormirnos ya que empezamos a hablar del futuro y no paramos hasta el medio día, en que había comida familiar otra vez y donde encontraríamos a Ana y a Cata.

Decidimos que yo retornaría a Madrid y que buscaría un traslado a Barcelona, un cambio de empresa o algo que nos permitiera volver a nuestras raíces. El mes de diciembre había pasado volando y tan solo nos quedaba una semana para que se acabara aquel cuento de hadas. Durante esas vacaciones, no faltaron las llamadas de Ruiz y de Marga para ver como estaba, algo que me confirmaba que, dentro de todo, había tenido mucha suerte.

martes, 9 de agosto de 2011

Buena suerte, mala suerte


Conozco a algunas personas que recientemente han pasado por auténticos calvarios, ya sea por pérdidas materiales, profesionales o personales, por reveses en su salud o en su economía o por otros aspectos que han hecho trastabillar su estabilidad.

Una de ellas, quejándose amargamente de su suerte tras un contratiempo de salud realmente importante, me confesaba que no volvería a su vida anterior ni loco. La definía como una vida que no era más que un burdo amago de ella, siempre supeditado a las exigencias de otros, sin poder Vivir con mayúsculas.

La conversación fue realmente interesante porque nos llevó a una serie de poderosas reflexiones que desembocaron en una pregunta: ¿estás seguro de que ese revés ha sido mala suerte?. Os puedo asegurar que en ese momento su cara cambió y su nivel de energía subió considerablemente; tomó conciencia de la fortuna que suponía para el haber tenido ese contratiempo, llegó a poderosas conclusiones y estableció un Plan de Trabajo que debería llevarle a su plenitud, a pesar de sus a actuales limitaciones.

Muchas han sido las vidas que se han visto mejoradas con algo que, a priori, pensábamos que era una injusticia que nos llegaba por obra y gracia del destino, desde la pérdida de un trabajo a una grave enfermedad, desde una separación a otros aspectos que no entraremos en detalle pero que podrían ser considerados como escabrosos y, a todas luces nefastos por las personas que los sufrían.

La muerte de un ser querido que nos permite reconciliarnos con él, o encontrar la paz gracias a él, la ruina económica que nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, la pérdida de un trabajo que nos conduce a descubrir otras formas de avanzar profesionalmente.

A nivel personal, la grave enfermedad de alguien muy querido que se tradujo en una muerte siendo muy joven, me llevó al reencuentro con otras personas muy queridas, al perdón, a la aceptación de la enfermedad como parte de la Vida, al crecimiento personal, a la relativización de las cosas, al cambio de prioridades.

El cuento sufí nos dice ¿buena suerte? ¿mala suerte? ¿quién sabe?.

Tu dices mala suerte y yo te contesto solo el tiempo lo dirá, por duro que ahora pueda parecer.