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miércoles, 18 de abril de 2012

EL ÉXITO ERES TÚ (X)


CAPITULO II

 Viviendo el éxito (VI)
Pedro y Juan Carlos fueron a sentarse a una mesa que estaba preparada junto a la llar de foc, donde también les prepararían unas tostadas de pan de pagés con tomate. En la mesa ya estaba el porrón con vino negro de la casa y una gaseosa, del cual bebió Pedro antes de arrancar la conversación.

Ya verás como no habrás comido mejor en tu vida, de verdad lo digo – dijo a la vez que un sonido intestinal delataba el hambre que le atenazaba desde que se habían levantado hacía, según él, demasiado tiempo.

¡Vaya! – dijo Juan Carlos – veo que realmente hacía falta entrar aquí de inmediato. Bueno, sigue con la historia, que no siempre tiene uno a Pedro Puig para que le cuente su vida.

No olvides, Juan Carlos, que toda esta historia es la que necesito contarte para que entiendas algunas cosas, para que por fin me perdones de corazón.

No digas sandeces, hombre, yo ya te he perdonado, creo que el que no se ha perdonado eres tu.

Pues entonces, será que necesito contártela para quedar en paz conmigo mismo, sin que hayan medios de comunicación por medio.

Llegaron las tostadas y un fuerte all i oli para acompañarlas, así que ambos se tomaron unos minutos para preparar el manjar que les daría un respiro a sus estómagos.

Fue entonces cuando Pedro, poco a poco, continuó su historia allí donde la había dejado, con un tono de voz que denotaba aceptación, congoja y sentimientos muy profundos.

Ayer nos quedamos en mi promoción, con 31 años, a Director General de Producción. Recuerda que te dije que por un momento, tuve la cordura que me faltó para darme cuenta de que todo era un engaño que aceptaba de buen grado.

Hablamos de 1991, años preolímpicos y años pre-expo, con una actividad económica en España fuera de lo común. Mi actividad se multiplicó y, si antes eran 14 horas diarias de trabajo, ahora también estaban los fines de semana, he incluso meses enteros en los que estaba de viaje, inaugurando una planta en el hemisferio norte para, a la semana siguiente, hacer lo propio en la otra punta del mundo.

Mis hijas crecían y yo prácticamente ni las veía, Ana estaba, como siempre deliciosa, pero quejosa de que no se me veía el pelo y yo llegaba a plantearme si no eran celos por mi progresión profesional.

Llegó junio de 1992, toda Europa estaba en crisis y, por el contrario, nosotros íbamos como una moto, habiendo participado al máximo en los fastos que tenían lugar en España. Era un 15 de junio y Marga me llamó por teléfono a París para anunciarme que habían llamado de la Junta de Andalucía para darme un premio por nuestra participación en la Expo. Aquello fue el principio del fin – dijo con los ojos enrojecidos por la emoción.

¿Qué es lo que pasó ahí?, Pedro

Simple, le había prometido a Ana y a las niñas que nos iríamos de vacaciones al Parque Disney a París y, de hecho, ya estaba todo reservado; incluso Marga me lo recordó cuando me llamó, aún recuerdo que me dijo “Pedro, ojo que tienes el viaje con tus chicas previsto en las mismas fechas” y le contesté que llamara a Ana diciéndole que lo cambiara todo para una semana más tarde.

Ana me llamó al día siguiente y si te digo que estaba sin tono vital, te digo poco; me dijo “Pedro, esto no puede continuar, tenemos que hablar”, así que, a regañadientes, volví a casa la día siguiente.

Al entrar, las dos pequeñajas, Ana y Catalina, que tenían 2 y 3 años y lengüecillas de trapo, se me echaron encima; Ana las dejó jugar un rato y luego les dijo que tenían que ir dormir, que papá estaba cansado. Me dieron un beso de aquellos sonoros que dan las niñas a sus papás y se fueron con la chica de servicio para que las acostara; aquel día, no sería Ana quien lo hiciera, cosa muy rara en ella, que no dejaba nada de sus hijas al cuidado de terceros; realmente, siempre ha sido una madre ejemplar, en todos los sentidos, y aún mejor esposa, ¡que suerte tengo de que esté aún a mi lado!, aunque debo confesar que, durante un tiempo, pensé que aquello había acabado.

miércoles, 20 de julio de 2011

Descubrió el éxito y lo vivió


Me lo contó alguien un día, o quizás fue un sueño, o tal vez una visión, pero es tan real que da angustia el solo hecho de pensar que fue verdad y que aún lo es en otros, aunque es una demostración de la posibilidad de bajar a tiempo.

Le contaron que el éxito era tener, y tener mucho, a costa de casi lo que fuera, aunque ese casi, llegado el caso, tampoco hacía falta que estuviera. La cuestión era tener mucho y, si podía ser, más que el vecino, el amigo o  el compañero o, mejor dicho, eso era lo principal, tener más que el prójimo.

Lo dio todo, sacrificó su salud, sacrificó su familia, y lo tuvo todo, al menos todo lo que el dinero podía comprar, pero antes de irse de este mundo, descubrió que le habían engañado, que eso no era más que una falacia, un engaño, y entonces sí, entonces vio lo que era para él el triunfo, y no era tarde, porque pudo vivirlo, paladeándolo hasta el final.

Reencontró amigos, reencontró familia y tuvo que amputar una parte de su ser que creía suya, pero que no lo fue nunca, porque solo vivía en esa antigua vida suya, la de lujo y oropel, esa vida que apenas lo era, aunque en ella vivía una suerte de teatrillo. Tuvo que cercenarla para que la gangrena no se lo llevara antes de hora, de pura tristeza y desazón.

Y entonces descubrió el placer de la compañía, de la charla, del paseo al sol, de la sonrisa sincera, del te quiero desde el corazón, del compartir, de la tarde de futbol, de la complicidad con el sobrino, del beso tierno, de la mirada de admiración desde lo más hondo, no por lo que tuvo o lo que hizo, si no por lo que era.

En algún lugar, alguien leerá esto y lo entenderá, porque será su momento de entenderlo o, a lo mejor, solo a lo mejor, llegará el día en que lo entienda y una sonrisa dibujará en su rostro la vivencia de la plenitud.

No te dejes engañar y encuentra tu versión del éxito, no el que te contaron, si no el que es para ti.