Andamos arriba y abajo con los
viejos y los nuevos paradigmas; parece claro que lo habido hasta ahora, nos ha
conducido al momento que vivimos y, como siempre, ha tenido cosas buenas y
cosas que convendría, por el bien de la sociedad, desechar.
En el debate con una buena amiga,
intentábamos definir ese nuevo paradigma y llegamos a la conclusión de que no
podía hacerse puesto que estaba “en construcción”, no obstante, sí que nos dio
pie a poder enumerar algunos aspectos que quería compartir en estas líneas.
Imaginamos ese nuevo paradigma
mucho más centrado en las personas, en el colaboracionismo, en la cooperación,
en la generosidad, el altruismo y el nosotros, en contraposición con el
individualismo (¡ojo, se parece mucho a independencia!!), el egoísmo, y el yo,
aunque bien podríamos definir el Ego, como personaje que engulle a la persona.
En ese nuevo paradigma, la
persona obtiene un profundo conocimiento de sí misma que le lleva a tener una
mayor autoestima al reconocer sus fortalezas y sus retos, sin necesitar el continuo
halago de sus iguales para sentirse reconocido. Eso empieza desde la educación a
los más pequeños en los hogares (no es casualidad que no diga casas).
Desde la infancia, los niños son
animados a quererse a ellos mismos, sin caer en narcisismos ni egolatrías, bien
al contrario, es simple y llanamente, no necesitar la lisonja exterior y
construir unos sólidos fundamentos en valores y principios, unos cimientos de
personalidad robustos, huyendo de la fragilidad que, en muchos casos, vemos hoy
en los adultos que en su día fueron criados entre algodones.
Ese nuevo paradigma construye una
sociedad en la que cada uno contribuye con su esfuerzo, eliminando los parásitos
de todo tipo y condición, borrando de su faz los privilegios absurdos desde su
raíz. El exceso se elimina directamente por la propia persona pues carece por
completo de sentido y se busca el bien común, donde cada cual aporta aquello en
lo que más dotado está, eliminando el efecto Orwell de “Rebelión en la granja”.
Esa sociedad es posible solo
desde la generosidad, la interdependencia, la cooperación, la sinceridad y la autenticidad;
personas sanas en una sociedad sana, donde los núcleos familiares se
consolidan, donde las jornadas de trabajo no se alargan hasta la extenuación,
donde los padres ejercen de padres, ponen limites, educan y, ¡como no!, juegan
con sus hijos, constituyéndose en ejemplos coherentes y morales para ellos.
Ese es el paradigma que llegamos
a imaginar aunque, evidentemente, faltan ahí muchas pinceladas referentes a política,
mundo empresarial, trabajo y un sinfín de detalles más que exceden la voluntad
de estas líneas centradas tan solo en un reflejo de la construcción de esa
nueva sociedad.