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domingo, 4 de marzo de 2012

La disculpa y el perdón


Leía no hace muchos días, una disculpa a través de las redes sociales, de una persona hacia un grupo de ellas. Lo primero que me sorprendió fue su contundencia al afirmar que se veía obligado a hacerlo, es decir, que esa disculpa, no nacía del corazón si no de la rabia o, al menos, esa era la sensación que en mi provocaba su lectura.

La verdad es que al leerla el sentimiento que me invadió fue el de la tristeza, tristeza por ver la inquina de la persona que lo escribía, por ver su incapacidad de arrepentimiento, y es que sin arrepentimiento, es imposible que se cree esa comunión entre ofendido y ofensor que permita el olvido de la ofensa.

La disculpa requiere de un arrepentimiento sincero, salido directamente de nuestro corazón, que permita la aceptación desde el receptor de la disculpa que lo convertirá en perdón y permitirá que empiecen a restañarse las heridas producidas, sean superficiales o profundas.

Tal como lo veo, deben haber dos elementos fundamentales en la petición de perdón:

·       Arrepentimiento sincero de lo realizado.
·       Deseo de sanar el dolor provocado

En caso contrario el efecto provocado será, precisamente, el contrario. Aquí no valen excusas de ningún tipo, ni circunstanciales, ni ideológicas ni de tipo alguno; simplemente la petición y la espera de un perdón que en ocasiones puede no producirse.

Quizás el máximo exponente de ese perdón, pudiera ser el del líder sudafricano Nelson Mandela, quien tras un cautiverio de 27 años, supo perdonar a sus carceleros, pero no podemos olvidar a nuestros vecinos, a nuestros hijos, a nuestros amigos, que saben perdonar en el dolor.

Y es que incluso desde una perspectiva egoísta,  la herida no puede empezar a cicatrizar hasta que no llega el perdón, quedando la herida abierta y supurante de la más amarga de las bilis: la del odio y el resentimiento.

Nuevamente, no es ni fácil ni rápido y, posiblemente, no podamos llegar a perdonar, pero el ejercicio de considerar tan solo la posibilidad, nos hará crecer.

Del mismo modo, la disculpa escuece y aturde el pensamiento del ego, insaciable en su búsqueda del brillo personal que nunca se equivoca. Tan solo cuando la disculpa nace, la soberbia muere un poco.

¿podrás perdonarme?

miércoles, 9 de junio de 2010

Favores de Corazón

Es algo que se ve muy poco, que pasa desapercibido para la mayoría de la sociedad. Quienes los hacen, apenas piensan que lo están haciendo y, quienes los reciben, no dan crédito a recibir tamaño regalo, son los favores hechos de corazón, aquellos que no se piden por pudor, quizás por falsa prudencia, dejando huérfanos de actuación a aquellos que de buen grado los harían, si se tuvieran que pedir.

Hablo de hacer sin ofrecer, de actuar sin esperar nada a cambio, salvo la propia satisfacción de ver la luz asomando por el horizonte; no hablo de compasión, ni tan siquiera de ayuda, solo hablo de auténtica generosidad, hablo de plenitud, de un sentimiento cálido que abraza cada parte de tu cuerpo.

Curiosa sociedad esta que estamos creando, ciega en su virtud, muda en su expresión, en la que esperamos la petición de alguien que no la hará por no molestar, por un inmerecido sentimiento de desmerecimiento, o quizás por haber tocado su propio fondo.

A su lado, una raza distinta, una raza de seres humanos cuya mayor satisfacción reside en la tierra del bienestar ajeno además del propio, o tal vez ni siquiera eso. Cierto es que me vienen a la cabeza distintas asociaciones con una labor encomiable a sus espaldas (ARRELS, TOT RAVAL, MEDICOS SIN FRONTERAS, etc.), pero también el recuerdo de Pedro, de Isabel, de Arturo, de Paco, de Carlos, de….tantos y tantos que a titulo personal se vuelcan en la labor cotidiana.

Les ves reír, les ves llorar, o quizás no, celosos de su propia grandeza que no quieren reconocer ni divulgar, gentes de aquí y de allí, gentes de cualquier lugar, de cualquier condición o profesión, y es entonces cuando todo deviene posible, realizable.

Se me antoja complejo llamarlos favores en lugar de chispas de vida, plena y auténtica. Generosidad sencilla, sin ampulosidades, sin divulgaciones ni estridencias, sin otra agenda que la de la propia acción en sí misma, fluyendo fácil en una vida que quiere volver a serlo.