Recorrí kilómetros y kilómetros
buscando esos ingredientes que permiten la innovación: la creatividad, la
confianza, el coraje, la valentía, pero no había forma de encontrarlo.
Recorrí gobiernos e instituciones
y solo encontré miedos, egos y soberbias o, en una palabra, ansias de poder, sin
poder hallar esa confianza que buscaba. Me hablaron de países en los que en su
día todos esos ingredientes estuvieron en épocas de transición, uniendo pueblos
y derrocando reyezuelos de república bananera.
Acudí a empresas y volví a
encontrarme con cosas parecidas, si bien es cierto que existían grupos de
personas que luchaban hasta la exasperación por mantener unos ideales y unos
valores, tanto en grandes como en pequeñas organizaciones, aunque parecía que
la mayor parte de ellas, tan solo llevaran gafas para ver de cerca.
Pensé entonces en los
representantes de los trabajadores, otrora tan útiles para la sociedad y
descubrí grandes dosis de protagonismo y muy pocas de auténtica representación
social. Cada organización estiraba hacia un lado sin preocuparse en exceso del
estado de su, teóricamente, protegido.
Me uní a manifestaciones
populares y descubrí en ellas a líderes más preocupados por sus propios
intereses que por los de la comunidad. La gran farsa de la representación
popular a gran escala, atacando comercios y menoscabando la libertad del
prójimo.
Supuse que aquello que buscaba ya
habría desparecido de la faz de la tierra, hasta que se me ocurrió entrar en un
parvulario, una de esas escuelas para chiquitines de entre 3 y 5 años. Allí
descubrí maestros con caras ilusionadas, pequeñajos con ojos desbordantes,
escuchando por los ojos y oyendo con sus miradas.
Ellos desconocían esos miedos de
los adultos, no habían tapujos, las cosas se llamaban por su nombre y, aunque
esos guías de su desarrollo marcaban unos límites, seguían correteando ajenos a
los peligros de la brecha en la frente y, de hecho, más de una rodilla lucía
las medallas de la costra y el repelón.
Realmente, en los niños pude
encontrar esos diamantes del comportamiento, esas joyas del valor.
¿Seguimos buscando juntos esos
pozos de futuro?