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viernes, 4 de noviembre de 2011

La mirada de un niño


Hoy me he perdido en la mirada de un niño de no más de 3 ó 4 años; esperaba en la calle a que me abrieran la puerta de la oficina de un buen amigo, socio de proyectos y de manteles, cuando he notado que alguien me miraba.

Al darme la vuelta, he descubierto una carita de aquellas que sueñan ya en la próxima travesura, una cara de pura alegría, de diversión y, sobre todo, de descubrimiento, en la guardería, al otro lado del cristal. No le ha faltado tiempo para sacarme la lengua de forma completamente natural, como aquel que no quiere la cosa, a lo que yo no me he podido resistir, devolviéndole la jugada con la misma moneda, lo cual ha arrancado una buena carcajada en aquel manojo de ilusiones.

La cosa no hubiera pasado de ahí si no me hubiera venido la imagen de la pureza, la limpieza, la transparencia y la falta de elementos de maldad. Todo en él era grandiosidad, esa grandiosidad de la alegría que, en segundos, se puede tornar llanto sin lágrimas de pura rabieta.

Eso me ha hecho pensar en la curiosidad del niño, aquel capaz de caerse y volverse a levantar una y otra vez, sin miedo al error, sin prejuicios que le limiten, intentando sin cesar conseguir aquello que se ha propuesto, sin desfallecer, sobreponiéndose a las rodillas peladas, a las costras en la frente y a las palmas de las manos desolladas de sus aterrizajes en pavimentos poco amables.

Debo confesar que me he zambullido en su mirada risueña, que me he contagiado de ella y que esa sensación me ha acompañado todo el día, como si no estuviera de acuerdo con el día gris que nos había tocado en suerte y hubiera elegido una perspectiva más halagüeña de mi realidad cotidiana.

Maravillosa infancia, esponja de aprendizaje, albergue de sueños mágicos de los que, un día, se cumplirán unos y otros quedarán en el camino aunque, si ese niño es capaz de mantener esa sonrisa burlona, esa actitud curiosa y esa osadía de vida, apuesto a que serán más los primeros que los segundos.

¿Me acompañas a hacer que ese niño mantenga esa picardía?

lunes, 11 de julio de 2011

Yendo a por nuestro Objetivo (IV). Objetivo conseguido


En su momento identificamos nuestro objetivo, diseñamos el Plan de Acción para conseguirlo y, después de tremendos esfuerzos, llegamos al final, ¿y ahora?.

En primer lugar celebrar, ya que vivimos en una cultura en la que la celebración no está permitida e incluso está mal vista. Tómate tu tiempo para disfrutar del esfuerzo realizado, de las limitaciones vencidas, de los aprendizajes.

Nota ahora el impacto que esto ha tenido en tu vida cotidiana, ¿qué es lo que ha cambiado?, pero no solo en ti, también en tu entorno, en todo tu entorno, desde una visión amplia de tu Vida con mayúsculas.

Es posible que hayas descubierto que la estaca del elefante del circo, era tu yugo particular y que tan solo tenías que confiar más en ti para conseguir liberarte, o que esa carencia de tiempo no era más que una excusa para no hacer aquello que tanto deseabas, o que no lo hacías porque tu eras el último de la fila o….. tremendas áreas de aprendizaje sobre ti mismo que abren nuevos horizontes.

Lo que parece claro es que has descubierto un nuevo YO en tu cuerpo, un YO más brillante, más osado, más amplio, más atrevido, pero, ¿para que me sirve?, te preguntarás. Es como si tuvieras una casa llena de tabiques que te impiden ver la luz y, de repente, estuvieras destruyendo esos tabiques, comprobando que ese entorno gris, mezquino y denso, lo puedes convertir en luz, alegría y fluidez, si así lo quieres.

Ahora ves que puedes vivir una vida más plena, pero esto solo es el principio; ahora marca un nuevo objetivo para ti, algo que de nuevo te obligue a salir de tu zona de confort y te permita dar otro estirón en tu crecimiento interior; ¿imaginas el impacto?, pero de nuevo, no solo en ti, si no también en tu entorno.

Este es un proceso que se retroalimenta y que genera un perpetuo estado de Evolución, la tuya y la mía a través de ti.

Gracias por creer en ti.