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lunes, 26 de diciembre de 2011

Renaciendo desde el dolor


Cuando se pierde el trabajo, uno se siente desvalido, asustado, inseguro incluso, pero quería contaros la experiencia desde el acompañamiento a algunas personas que atravesaban esta parte de su camino. Las sensaciones que os apuntaba, han sido un denominador común, junto con la sensación de injusticia, de mala suerte o de indignación, pero también han sido experiencias en extremo enriquecedoras.

Os sugiero ver una película The company men, la cual vi ayer y me inspiró las líneas que ahora estáis leyendo. Nuevamente, es una caricatura, pero expresa todos los pasos por los que atraviesa una persona al perder su trabajo, desde el duelo y la negación, hasta la aceptación, la reinvención, la pérdida de la soberbia y el descubrimiento de uno mismo y de sus auténticos valores.

Uno de los casos que he vivido, ha sido el de una persona que estuvo cerca de un año y medio sin trabajo. En este tiempo, prácticamente no hubo mes en que no tuviera una entrevista, en que se abriera una ventana o un pequeño ventanuco pero, todo y así, su autoestima estaba en horas bajas. Poco a poco, fue descubriendo sus limitaciones, fue trabajándolas hasta desarmarlas y empezó a renacer en ella misma, desde sus propias cenizas, aunque con unos valores sólidos como cimientos, propios de una persona en la que se ve un intenso trabajo interior. Hoy ve la vida de otro modo y sus prioridades han cambiado.

En otro de ellos, también atravesando circunstancias difíciles, bajó hasta su esencia, rebuscó en ella misma hasta que se encontró y fue capaz de subir, desde el propio infierno hasta una vida plena, en la que nuevamente los valores han tomado el lugar que antes ocupaba un personaje hedonista, tan solo preocupado por la imagen exterior y por la diversión. Hoy tiene un nuevo proyecto profesional entre manos, ha recuperado a esa familia de la que en su día renegó y su brújula le dirige hacia esa vida plena por la que tanto está luchando.

En el último de los casos, os presento a quien todo su mundo se le desmoronó por causas diversas, donde tuvo que reordenar sus valores, buscar la fuerza en su interior y darse cuenta de que, aquello que pensó en su día imposible, no solo se hizo realidad si no que le permitió un tipo de vida completamente distinta  a la que había llevado hasta ahora.

Estas son historias reales, de personas con nombres y apellidos, aunque es muy posible que cualquiera de nosotros se pudiera sentir identificado con ellas. Como es lógico, están desdibujadas, pero permanecen los hechos esenciales. La adversidad nos ayuda a crecer, aunque en ocasiones pueda parecer una falacia.

Cree en ti mismo, transforma tu realidad y todo a tu alrededor conspirará para el cambio. No es una promesa, es una realidad ya vivida, una profecía autocumplida.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Resurgir

Como aprendices de Brujo, cual gnomos de mitología cántabra, Trastolillos danzando al son de las Anjanas buscan la esencia de un ser, de una humanidad que un día fue y que, sin duda, volverá a ser.

Momento de zozobra, momento también de reinvención, de quiebre al no ser, de rebelión a la sinrazón, momento de crecimiento y momento de muerte de unos contravalores que jamás debieron ser y que un hedonismo sin medida, hizo aparecer.

Danzan los Trastolillos, mecidos por una música de Vida, diversión y travesura, buscan pasión y encuentran luz, fuego y transformación. Naturaleza que crea y naturaleza que destruye, desafiando agoreros que tan solo veían destrucción donde había una semilla de esperanza y crecimiento.

Y he ahí la necesidad de la oscuridad para que, aunque tenue, resurja la luz, tal como es necesario lavar la herida para encontrar la piel nueva, sana, fuerte y dispuesta a que todos podamos volver a caminar con coherencia, con humildad y, especialmente, con ilusión, una ilusión de reencuentro de valores.

Veo la fuerza del encuentro con uno mismo, sin guirnaldas ni adornos carnavalescos, enfrentándose con sus miserias y sus riquezas, sus zonas claras y oscuras, dejando los retales de sedas de viscosa colgados en la entrada de su yo, para entrar y explorar, y redescubrir, y renacer.

Y veo salir, con fuerza renovada, con la sencillez de quien sabe que es y será y que, lo que fue, fue con falsos cimientos y débiles raíces, condenado a su propio fin. Ese traspiés, en su día retroceso, se torna fuente de inspiración; siempre hay un camino que tomar, a veces oculto por nosotros mismos o nuestros miedos, quizás serpenteante y escarpado, quizás estrecho, pero camino al fin.